El otro día recorría las estanterías mohosas de una librería -no literalmente, no es que me hubiese miniaturizado como en aquel peliculón o transformado en una cucaracha como en aquella serie mítica donde el protagonista se podía transformar en animales y no recuerdo para qué lo hacía exactamente, pero igual el 40% del metraje consistía en esas transformaciones a cámara lenta; diría que el actor era Cristopher Lambert, o el de Aterriza Como Puedas, aunque igual me confundo con aquella otra serie donde el prota venía de otro planeta y llevaba unas esferas azules que brillaban pero no parecían hacer gran cosa más, y un coche que recordaba a las motos de Tron, por no decir que el diseño era un plagio directo de aquellas, y de hecho creo que podría escribir más cosas dentro de este inciso que en el resto de la entrada: por ejemplo, podría comentar mi teoría de que a Mickey Rourke le secuestraron una hija y le enviaban mensajes amenazando con desfigurarla si no se desfiguraba él y por eso se empezó a hacer cirugías hasta que quedó como ha quedado, que se parece sospechosamente a Kim Basinger, lo que también despierta mis sospechas pero voy a ir concluyendo porque al final se me olvidarán las mierdas que iba a contar- y encontré un ejemplar de "Relatos de diez mundos", de Arthur C. Clarke, de 1975 por 3 €, que a 30 céntimos por mundo pues ya sale barato, así que me lo metí en un bolsillo y salí corriendo, pero apareció un centinela que hizo un disparo láser de aviso y al final tuve que pagarlo, pero está bien porque así me evito hacer ejercicio.El caso es que el primer relato venía a contar que los Rusos tenían planeado lanzar un satélite con el único propósito de interferir las señales de televisión estadounidenses y emitir sus propios contenidos, apelando al miedo que provocaba el supuesto poder de la propaganda por aquellos años -comentario pedante patrocinado por Paul Lazarsfeld-, y que básicamente consistía en enganchar a la población con contenido pornográfico, libre de censura, y de paso colarles, no sé, el epiquísimo Himno de la Unión Soviética. Al final el protagonista, al que un ruseras le contaba toda esta movida sin venir demasiado a cuento, consideraba perfectamente viable el plan y pensaba que era el fin del mundo y se alejaba cabizbajo por la gris ciudad, como deben acabar todos los verdaderos relatos de ciencia ficción.
A estas alturas tú ya hacía rato que habías lanzado a la basura tu monumento casero en honor a Clarke y negabas con la cabeza murmurando algo como "la madre que te parió, Arthur" o "con porno, claro que sí... cómprate unas revistas, hombre". ¡Pero cuidado! ¿Era Clarke tan imbécil como insinúa su relato? ¿O lo somos nosotros? Vosotros sí, por descontado; pero yo he visto aquí algo de sabiduría apocalíptica, y me voy a atrever a ampliar y mejorar el relato con una alternativa realmente viable para acabar con la población de un país mediante el uso, también, de un satélite televisivo. ¿Cómo? Pues recurriendo al efecto placebo.
Fase 1
La idea es la misma, pero en lugar de colar propaganda comunista emites informativos donde se asegura que una rara enfermedad no identificada está haciendo estallar la cabeza de la gente, mostrando vídeos donde ocurre -montando ya el tinglado antes, implantando explosivos en el cráneo de los voluntarios o algo, siendo creativo-.
Fase 2
Más tarde emites un reportaje sobre la investigación que se ha estado llevando a cabo, y que se ha descubierto que se trata de un arma psicocuántica que provoca la explosión cerebral tras el estornudo.
Fase 3
Envías al país un Paciente 0 con un detonador craneal que se activará con un estornudo y esperas.
Fase 4
Eventualmente el Paciente 0 estornudará, le estallará la cabeza y parte de la población lo verá de cerca. Esto significará que la infección ha llegado al país en cuestión, y el efecto placebo será tan poderoso tras meses de informativos al respecto que, de forma natural, a la gente empezará a estallarle la cabeza al estornudar.
Fase 5
Enviar patrullas especializadas en limpieza de cerebro cocido en asfalto para tu nuevo país, dejándolo listo para instalarse, obra nueva y completamente amueblado.
Como veis, en 5 cómodas fases hemos acabado con la población deseada y no hemos causado ningún tipo de destrucción física en las infraestructuras, reduciendo drásticamente la superpoblación del planeta, por lo que mi solución demuestra ser más ventajosa que la propuesta por Clarke, y mucho más divertida.
Joe Perkins, uno de los mejores hombres del ejército soviético, fue encarcelado por un delito que sí había cometido. No tardó en fugarse de la mazmorra en la que se encontraba recluido. Hoy, buscado todavía por sus acreedores, sobrevive como diseñador de baratas y novedosas armas de destrucción masiva. Si tiene usted algún problema con un gran número de seres humanos y desea que mueran de una forma creativa, quizá pueda contratarlo.
2 comentarios en "Efecto placebo"
whosayNI on 28 jun 2010, 11:58:00
Según la teoría de que si te aguantas un estornudo puede reventarte un vaso sanguíneo en el cerebro matándote (gracias hipocondrinet), si se aplicase tu plan moriría toda la población terrestre al intentar aguantarse los estornudos explosivos.
Lo que por otro lado no me parece nada mal.
Unknown on 29 jun 2010, 0:13:00
¡De una forma u otra! Plan infalible.
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