Antes que nada, la sorpresa de la vuelta a casa: mi padre se ha comprado un piano,
¿?¿?¿?
Y no es coña. Prácticamente no le cabe en la habitación. La risiguinda del jajapástel es que alguien ha llamado a casa avisando de que la entrega de la cama se retrasará unos días. Por supuesto ni mi madre ni yo sabemos nada del tema, pero ya me imagino que habrá tenido que comprarse una cama más pequeña, quizá una de esas para mascotas donde se acurrucará después de dibujar paisajes en las partituras, porque no sabe tocar el piano.
Bien, vamos al lío. Preludio al infierno pamplonica. Atjóm, atjóm.
- Pues no los veo bien, ¿tengo que mirar con los dos ojos?
- Sí, si los tienes cerrados no vas a ver nada.
- Tiene lógica. Pero sigo sin verlos bien.
- ¿Y ahora?
- Ahora los has enfocado bien, ¿eh, cerda?
- ¿Como dices?
- Que sí, que ahora bien.
- Vale, dímelos.
- ¿Qué pasa, es que no me crees?
- Bueno, no es eso.
- ¿Entonces qué es?
- Es que la prueba consiste en eso, ya sabes.
- Consister Act.
- ¿Qué?
- Que vale, que te los digo, a, jota, efe, eñe, el símbolo del dólar, un piano y un hombre zurriando mierdas con un látigo.
- Vale, ahora dime que ves aquí.
- Aquí trece, aquí veinte, en los demás no veo nada. Bueno, en el último un veintisiete.
- ¿En serio? Yo no veo nada en el último.
- Sí, es que soy daltónico.
- Ya veo, en ese los daltónicos sí ven un número.
- Pues eso.
- Pero es que no es el veintisiete.
- Ya, ni siquiera soy un buen daltónico.
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