Pamplona en Tres Actos: Acto I

18.7.08 por , comentarios: 0

Después de la revisión médica de última hora, resultados que ya tengo y dicen que tengo el abdomen blando, por cierto, llegas al hotel y te enteras de que la revisión ha sido una total pérdida de tiempo, porque tardan como mínimo dos semanas en decir algo.

Te recibe uno de tus jefes, borracho y con un sombrero de MediaMarkt, pero estás tan cansado que no le meas en la cara, sólo quieres subir a tu habitación y admirar el paisaje durante horas: un desértico vacío con alguna excavadora ocasional.

Por suerte no tienes demasiado tiempo, debes madrugar y, tras un par de horas de estúpida espera burocrática para poder entrar en la fábrica, te encuentras tres ejemplares de ese espécimen tan de moda hoy día: "el subcontratao". Concretamente dos tipos a los que les faltan cinco minutos para jubilarse y un chaval que lleva dos días en la empresa, literalmente.

Pronto se convierten en el mayor entretenimiento de esos días, una extraña máquina de incompetencia perfectamente desengrasada y asíncrona. Como una burla cósmica tras las exigencias de tus profesores de electrónica de potencia que pedían absurdas peripecias matemáticas, Joe el Ingeniero se dedica a observar ese hipnótico vals entre dos ancianos a cámara lenta y el chaval despistado al que no dejan las herramientas y tiene que aflojar tornillos con dos palos y mucho sudor.

¡Plinc pliquiclinc! Por suerte, el siguiente concepto aligeró la estancia: Los Telepubis. En el siguiente acto... ¡comer, no tan fácil como crees!



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Pamplona en Tres Actos: Preludio

15.7.08 por , comentarios: 0

Antes que nada, la sorpresa de la vuelta a casa: mi padre se ha comprado un piano,

¿?¿?¿?

Y no es coña. Prácticamente no le cabe en la habitación. La risiguinda del jajapástel es que alguien ha llamado a casa avisando de que la entrega de la cama se retrasará unos días. Por supuesto ni mi madre ni yo sabemos nada del tema, pero ya me imagino que habrá tenido que comprarse una cama más pequeña, quizá una de esas para mascotas donde se acurrucará después de dibujar paisajes en las partituras, porque no sabe tocar el piano.

Bien, vamos al lío. Preludio al infierno pamplonica. Atjóm, atjóm.

- Pues no los veo bien, ¿tengo que mirar con los dos ojos?
- Sí, si los tienes cerrados no vas a ver nada.
- Tiene lógica. Pero sigo sin verlos bien.
- ¿Y ahora?
- Ahora los has enfocado bien, ¿eh, cerda?
- ¿Como dices?
- Que sí, que ahora bien.
- Vale, dímelos.
- ¿Qué pasa, es que no me crees?
- Bueno, no es eso.
- ¿Entonces qué es?
- Es que la prueba consiste en eso, ya sabes.
- Consister Act.
- ¿Qué?
- Que vale, que te los digo, a, jota, efe, eñe, el símbolo del dólar, un piano y un hombre zurriando mierdas con un látigo.
- Vale, ahora dime que ves aquí.
- Aquí trece, aquí veinte, en los demás no veo nada. Bueno, en el último un veintisiete.
- ¿En serio? Yo no veo nada en el último.
- Sí, es que soy daltónico.
- Ya veo, en ese los daltónicos sí ven un número.
- Pues eso.
- Pero es que no es el veintisiete.
- Ya, ni siquiera soy un buen daltónico.



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