No todo podían ser penurias en Le Pamplonè, pues el regreso se ha adelantado gracias a que hemos currado como hideputas. Después de un satisfactorio episodio no-me-da-la-ganesco:
- Eh, espera, yo había entendido que salía media hora antes y los llevaba al aeropuerto.
- No, después de las siete.
- Pues entonces no voy.
- ¿Que no vas? ¿Prefieres que te lo diga Sánchez?
- Sí, que me lo diga él.
- Pues ahora te llama.
Sánchez es el jefazo, para que os hagáis una idea una escena perfectamente análoga es cuando mis primas no se comían las lentejas y mi tía las amenazaba con arrancarles la cabeza. Literalmente. Aprende algo de psicología infantil, payasa.
- ¿Qué te ha dicho?
- Que ahora me llama Sánchez.
*** media hora después ***
- Qué raro, no llama, ¿le habrá pasado algo?
Tontos del nabo. Pero quería cerrar este ciclo absurdamente largo con la humillación del bar. Por una vez no soy yo el humillado.
- Oye, aquí mi amigo quiere ver la sexta, ¿nos la pones?
- Vale, ahora voy.
Coge el mando y comienza un recorrido interminable de canal en canal, sin encontrar la sexta, en una pose que recordaba extrañamente a un escanciador de sidra.
- Lo has intentado con estilo, pero eso no es la sexta.
- Ya, es que no la he encontrado.
- Eh... vale.
Viene otra camarera sensiblemente menos escotada.
- Perdona, ¿nos pones la sexta?
- Claro.
A los cinco segundos se ve la sexta.
- Ey, enhorabuena, ¿puedes explicarle a tu compañera como lo has hecho?
Por algún motivo, la primera dejó de servirnos la cena. ¿Qué moraleja podemos extraer de esta historia? ¿Quizá que el intelecto está inversamente relacionado con el escote? Os lo tengo dicho, insinuad, insinuad, no mostréis.
0 comentarios en "Pamplona en Tres Actos: Acto III (Grand Finale)"
Publicar un comentario