En uno de mis innumerables viajes en tren, tacatá tacatá, propera parada tu puta madre, se sentó a mi lado una invidente –que suena a aquella película donde se miniaturiza una nave y unos científicos y se hace un viaje alucinante al colon de otro para ver si tiene pólipos, pero viajando al cuerpo de una vidente–, y decidí hacer un silent kill. Para los que no hayan jugado a Rolemaster, aclararé que se trataba de una habilidad para asesinar a alguien mientras dormía, sin tener que enzarzarse en un legañoso combate sin sentido, como harías en ad&d.–El Príncipe de Zamunda está profundamente dormido, lo tienes a tu merced, así que coges tu daga y le haces... a ver, 1d4+2... 3 puntos de daño. Le quedan 260, se levanta y te ataca con su báculo púrpura.
–Eso no suena nada bien.
Más allá de ese añorado sistema rólico que nadie conocerá, podéis deducir que un silent kill en el tren, y os obligo a usar ese término en lo sucesivo, es lanzarse un cuésquer de los que no hacen ruido y dejar que una nube de muerte nasal envuelva a vuestros enemigos mientras ponéis cara de yo no he sido. Es algo que todos sabemos hacer, aunque nadie habla de ello, como sorber espaguetis con la nariz o pegar mocos bajo los pupitres de clase sin que nadie te vea; pues bien, yo lo admito con orgullo en este mi más cerdo post.
El caso es que la nube fétida empezaba a tomar forma a la salida de mi ano –nota mental: hacer un chiste sobre al salir de clase– cuando caí en la cuenta de que los ciegos tienen unos super-sentidos, como bien nos enseñó Daredevil y el niño sin ojos que cazaba las moscas que molestaban a la Mula Francis pero que nunca tuvo el reconocimiento que debía. El pánico se apoderó de mi, la mujer se daría cuenta de inmediato de la perturbación aromática y me señalaría con un dedo verrugoso mientras me lanzaba una maldición judía, como la que le lanzaron a Hitler, pero cuando me disponía a saltar por la ventanilla me percaté de un detalle crucial: la mujer no podía verme. Como mucho podría decirle a los demás pasajeros que el chaval que olía a vinagre y azúcar era el causante de ese ambiente enrarecido, pero ningún otro pasajero podría identificarme. Era intocable. Inmunidad di-plo-má-ti-ca. Era Darkman. Era un hacker mirando las fotos de vuestras hermanas sin que os dieseis cuenta. Era Depredador subido a un árbol mientras la vietnamita decía que había sido la selva quien se los había llevado. ERA DIOS, Y BAJÉ DE AQUEL TREN, IMPUNE.
El caso es que la nube fétida empezaba a tomar forma a la salida de mi ano –nota mental: hacer un chiste sobre al salir de clase– cuando caí en la cuenta de que los ciegos tienen unos super-sentidos, como bien nos enseñó Daredevil y el niño sin ojos que cazaba las moscas que molestaban a la Mula Francis pero que nunca tuvo el reconocimiento que debía. El pánico se apoderó de mi, la mujer se daría cuenta de inmediato de la perturbación aromática y me señalaría con un dedo verrugoso mientras me lanzaba una maldición judía, como la que le lanzaron a Hitler, pero cuando me disponía a saltar por la ventanilla me percaté de un detalle crucial: la mujer no podía verme. Como mucho podría decirle a los demás pasajeros que el chaval que olía a vinagre y azúcar era el causante de ese ambiente enrarecido, pero ningún otro pasajero podría identificarme. Era intocable. Inmunidad di-plo-má-ti-ca. Era Darkman. Era un hacker mirando las fotos de vuestras hermanas sin que os dieseis cuenta. Era Depredador subido a un árbol mientras la vietnamita decía que había sido la selva quien se los había llevado. ERA DIOS, Y BAJÉ DE AQUEL TREN, IMPUNE.